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Basil Wolverton

El rey de los artistas freaks

Autor de una de las portadas más famosas de la revista MAD —cuando era cómic—, poseedor de uno de los estilos más abigarrados de los virtuosos previos a los comix underground, creador de unas mil 300 páginas ilustradas y padre de familia ejemplar entregado a la jardinería. Rendimos pleitesía a uno de los maestros del arte secuencial gráfico
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  • 2009-09-14•El Ángel Exterminador

Portadas como esta influyeron a los hippiosos artistas underground de los años 60, con sus ilustraciones y cómics multicolor, realizados bajo los efectos de los alucinógenos y demás productos recreativos. Solo que la generación de fundadores en realidad ni se pachequeaba como sus herederos: se trataba de padres de familia comunes, corrientes y convencionales, buscando poner comida sobre la mesa como ilustradores y comiqueros y sufriendo las inclemencias del freelanceo en el periodismo gráfico.

Basil trabajaba como artista gráfico en revistas de humor, ciencia ficción, horror y fantasía: los subgéneros y el arte “menor”. Su personaje más conocido es Powerhouse Pepper, un oscuro y bizarro superhéroe. Intraducible por sus ingeniosos juegos de palabras en inglés, y plagado de humor del llamado screwball: excéntrico, enloquecido, fuera de sí.

Wolverton prefería ver su trabajo impreso en blanco y negro, pues sus cualidades monstruosas resaltan aún más, los rasgos abigarrados brincan de la página, los cabellos espaguetosos de sus criaturas toman densidad y son más crudos. Su obsesión por el ashurado da mejores resultados con la pura tinta sobre el papel.

En 1946, Frank Sinatra, Boris Karloff y Salvador Dalí fueron el jurado de un concurso convocado en las tiras cómicas de Li’l Abner y le concedieron al dibujante el primer lugar por su dibujo de “Lena the Hyena”, la mujer más fea de Lower Slobbovia, un país imaginario del Tercer Mundo.

“Un tipo me llamó desde Nueva York para pedirme si podía hacer una imagen para cierta publicación”, escribió en agosto de ese año en su diario. El tipo era Harvey Kurtzman, editor de la MAD para EC Comics. Desde entonces Kurtzman le fue publicando trabajos cada vez más amplios y ambiciosos dentro de las páginas de la revista. El problema fue que, en verdad que el estilo de Basil contrastaba radicalmente con el del resto de los artistas de MAD. Era aún más riesgoso en tiempos en que la cacería de brujas que sufrió EC en ocasiones orillaba al miedoso Bill Gaines —dueño de la editorial— a cuidar sus contenidos. Además, a Gaines ni siquiera le gustaba su estilo: “Sé que esto les molestará, ¡pero nunca he sido su fan! Su trabajo me parece desagradable. ¡Lo siento! También es feo. ¡Wolverton dibujaba feo!”, confesaba.

No es que Basil dibujara feo, sino que tendía hacia el feísmo, que es distinto. Aceptaba que el abigarramiento provenía de su falta de habilidad real para dibujar. Pero la verdad es que no es solo eso: “En sus dibujos y tiras cómicas intentaba enseñarle a sus lectores que la gente es divertida, estúpida, asquerosa, tonta, horrible, bizarra, pomposa, mensa, mala y agradable”, explica su hijo. Es cierto, pues un Wolvertoon —como se le llama a sus caricaturas— no es solamente grotesco, también es simpático. Otros no son solamente agradables, también son horrendos. Su trabajo es que no es totalmente repulsivo, por más monstruoso que sea.

Basil sólo llegó a publicar en 16 ocasiones en las páginas de MAD. En un momento determinado realizaba de manera exclusiva textos e ilustraciones basados en el Antiguo Testamento, y dibujaba algunas cosas para MAD, pequeñas colaboraciones que representaban el “postre”, luego de muchas horas dibujando personajes bíblicos. Postres, pues su trabajo de planta era cada vez más tedioso, y porque su salud iba minando, orillándolo a dejar los pinceles y las plumillas para entintar con estilógrafos, pues su pulso era cada vez más difícil de controlar. Basil era, según Glenn Bray, un coleccionista de sus dibujos originales, un ermitaño y un majareta que para los años 70 le había dado la espalda al mundo de los cómics para concentrarse absolutamente en su trabajo religioso.

Jorge Flores-Oliver