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Amalando noemas

Matador

Ella me imaginaba vestido de luces y yo la soñaba desnuda como una luz.
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  • 2009-06-13•Antesala

Siempre que viajo en tren o en avión, fantaseo que una linda chica se sienta a mi lado y que soy feliz teniéndole cerca, dejándome acariciar por su perfume y contemplándola traspuesto de reojo. Pero por desgracia una legión de gorditos y señores calvos me persigue por trenes y aviones, pulverizando mis sueños a punta de ronquidos y pisotones. Sin embargo, cada nuevo billete a cualquier parte es un viaje a la misma fantasía, y por eso abordé aquel tren AVE frotando mi boleto como si fuera un décimo premiado: fila trece (“Mi número de la suerte”, pensé).

Lo primero que vi fue a la mujer de mis sueños detrás de mi asiento, y lo segundo que vi fue mi asiento junto al gordito de mis pesadillas. Entonces me dije que en lugar de coger aquel toro por los cuernos más bien lo torearía por naturales, y enamorado desde el primer momento me senté al lado del hada de la alta velocidad española. Le estaba echando casta, valor y poderío, y me preparé a recibir con arte al dueño del asiento. A porta gayola, vamos.

No tardó en llegar un señor calvo que me dijo con voz gangosa que aquél era su sitio. Entonces cargué la suerte y respondí: “Usted perdone, pero soy matador de toros y en el 13 no me puedo sentar”. Durante unos segundos el silencio metálico del vagón nos transportó a la Maestranza sevillana, y mientras todas las miradas se clavaban sobre mí, el señor calvo contestó respetuoso: “Ziga uzté, maeztro”. Y me arrimé a ella como mandan los cánones: con torería.

Nunca me había mirado así una mujer tan guapa. Ella me imaginaba vestido de luces y yo la soñaba desnuda como una luz. Me disponía a iniciar una conversación casual y deportiva cuando los niños de la butaca vecina me dedicaron un pasodoble. Algo turbado firmé unos cuantos autógrafos a otras solícitas señoras, y casi me dio un infarto cuando un grupo de turistas japoneses me acribilló con sus cámaras. Pero lo peor aún estaba por llegar: “Qué suerte viajar con usted hasta Sevilla, maestro”, dijo el gordito. “Zomo uno grande afizionao”, añadió el señor calvo. Y me acorralaron en mi burladero.

Como mis espontáneos admiradores me interrogaban acerca de plazas, escalafones, apoderados y otros temas inverosímiles para mí, seguí mintiendo como un bellaco para que no me descubrieran. Después de todo yo no tenía hierros favoritos sino yerros memorables. “No sabía que en Suramérica mataran los toros a banderillazos”, decía el gordito. “Ze quedarán los bishos como los erizos”, remataba el señor calvo. Y la faena cada vez iba peor y los avisos me torturaban y la chica se me escapaba viva de la plaza. “Señorita, si a usted no le gustan los toros quédese con nuestros asientos”, largó el gordito. “Ezo, niña. Váyaze por un cafelito y deje a lo afizionao con er dieztro”, machacó el señor calvo. La última mirada que me dedicó antes de salir lindísima me hizo sentir peor que un monosabio.

Así llegué a Sevilla con aquellos aguafiestas preguntando si era más fácil ligar una tía o ligar un toro. Y yo, que en mi vida he ligado a nadie, respondí que un toro sin vacilar. Todavía alcancé a divisarla paseando su belleza distante por el andén, y concluí que es falso que los toros calvos y gorditos no llevan peligro (“Perdone, maeztro, aquí dezimo afeitao y reshonsho”).

Fernando Iwasaki • www.fernandoiwaski.com